Granada ciudad (II)
El contexto del que hemos hablado de despersonalización de la cultura granadina, se hace todavía más doloroso en esta ciudad, que siempre ha ostentado un bagaje cultural y monumental bastante importante. Pero lo que ya es sangrante es que, con media España disputándose la capitalidad cultural de Europa en 2016, esta ciudad ni ha sonado para ello. Quizá porque, en esta deriva reaccionaria y provinciana en que se ha metido la ciudad, no pegaría ni con cola. Porque todo lo que no sean las procesiones, la beatería y el carácter cada vez más cerrado y clasista de determinados ambientes granadinos, la verdad es que no hay narices de ver la luz al final del túnel en el que acabamos de meternos.
Pero esto que hablo no tiene consecuencias gratuitas, ni mucho menos. De hecho, uno de los pocos sectores económicos realmente prósperos de la ciudad (el turismo y la hostelería derivados de ella), se pueden ir literalmente a freír espárragos. Si la referencia van a ser los carísimos bares de las zonas turísticas de Bibrambla o Plaza Nueva, es evidente que poco se van a interesar los visitantes nada más que por ser una parada más en sus vacaciones de la Costa del Sol, sin interés propio en sí mismo. Porque, a una hostelería que ya pagó su hipertrofia en su día, se le están añadiendo un turismo cada vez más exigente con la oferta de la ciudad, bastante disminuida. Y ese turismo no es precisamente el de los beatos que van a todas las procesiones habidas y por haber. A ese turismo le gustan los lugares abiertos, acogedores y donde se pueda pasar unos buenos días, en solitario o en la familia. Eso fue Granada hasta hace unos años, pero que lleva unos cuantos perdiendo esa condición. Y ante eso hay que evolucionar, no involucionar.
Y esto está cada día más metido en la forma de proceder de las autoridades.
Porque las transformaciones no son las de inventar una ciudad, sino adecuar su entorno a los nuevos tiempos, no involucionar en el sentido de buscar fiestas casposas y pasadas de moda, ni macizar malamente la ciudad sin más orden que el interés de los constructores, Como tampoco es sacralizar oficialmente toda la pompa del beaterío de las procesiones varias. O escenificar un Día de la Toma hecho a medida del frikifacherío. Porque esas formas son excluyentes y opuestas a la sociedad global a la que nos encaminamos. Y eso no es lo que quiere ver el visitante medio, sea un pies negros o sea un potentado. Porque cada día los numerosos atractivos de la ciudad pierden enteros con una galopante despersonalización, y eso provoca al menos que no se repitan las visitas. Y eso puede ser mortal en un mercado tan competitivo como el turístico.
Y es que, para tener Granada como un Parque temático, ya hay sitios más especializados en ello.
El quid de la cuestión son las soluciones a ello, y en esto soy pesimista. No creo que el Ayuntamiento haga algo distinto a su rentable victimismo electoralista (rentable para el partido que sustenta el gobierno, entiéndase). Y es que, tras haber creado la leyenda urbana de que la Junta le ha quitado la Alhambra a Granada (curiosa forma de que a un inmueble se lo lleven de sitio siendo como es de acceso público).O hablarán de conspiración a gran escala judeomasónica-sevillano-malagueña. Pero la despatrimonialización de nuestros valores turísticos y culturales la hemos hecho nosotros solitos y nuestros inefables gobernantes, de una forma tan eficiente que ni nuestros competidores del mercado turístico hubiesen soñado. Toca reflexionar a todos.
